
Lo que ve mi hija cuando me ve vivir
Fuerza, feminidad y autoconocimiento en cada etapa.
No es lo que le digo, es lo que me ve hacer. Hay una etapa en la vida de nuestras hijas en la que empiezan a construirse.
Mi hija tiene 14 años. Está formando su identidad. Está entendiendo quién es, cuánto vale y qué significa ser mujer.
Y en ese proceso, aunque no lo diga, me observa. No me observa cuando le doy consejos.
Me observa cuando vivo. Yo crecí en un entorno distinto. Mi madre nunca hizo ejercicio, aunque siempre nos decía que había que hacerlo. Crecí en Venezuela, donde muchas veces los estándares estaban más enfocados en lo exterior.
Durante años entrené desde ahí. Desde la estética. Pero mi madre me enseñó algo más profundo: carácter. Me enseñó a no rendirme. A ser resolutiva. A cuidar de los míos. A liderar cuando hacía falta.
Yo he decidido integrar esa fuerza también en el cuerpo.
Hoy entreno porque es mi momento. Porque es el espacio que me dedico. Porque amo sentirme fuerte y capaz. La fuerza no es masculina.
Y tener fuerza no me quita feminidad. No me quita autenticidad.
Se puede levantar pesado y seguir siendo femenina.
Se puede sudar y seguir siendo suave.
Se puede ser fuerte sin dejar de ser mujer.
Pero el ejemplo no termina ahí.
También aprende cuando me ve salir un día con mis amigas y no sentir culpa.
Cuando entiende que mantener relaciones sanas es importante.
Que cultivar amistades también es autocuidado.
Que una mujer no deja de ser buena madre por dedicarse tiempo.
Aprende cuando me ve disfrutar de mi propio espacio.
Cuando me ve estar sola sin sentir soledad.
Cuando entiende que la compañía empieza por una misma.
Ser mujer no es solo cumplir roles.
Somos madres, amigas, profesionales, hijas, pareja.
Y en medio de todo eso, lo más importante es no perderse.
Quiero que mi hija vea que puede ocupar todos esos espacios sin culpa.
Que puede dedicarse tiempo.
Que puede construir su identidad sin abandonar su esencia.
El cuerpo no está para cumplir estándares externos.
Está para sostenernos en cada uno de esos roles con energía y presencia.
Entrenar con 20 años y entrenar con más de 40 es diferente. Pero en cualquier etapa, el movimiento construye algo profundo: autoestima real y estructura mental.
Yo recibí carácter de mi madre. Mi hija me está viendo integrarlo en cómo vivo.
Y eso es evolución.
Porque al final, no se trata solo de ser fuerte. Se trata de aprender a habitar todos nuestros roles sin desaparecer en ellos.
De dedicarnos tiempo sin culpa.
De mantener amistades sin sentir que estamos fallando.
De estar solas sin sentirnos solas.
Mi hija no aprenderá esto por lo que le explique.
Lo aprenderá por cómo me vea vivir.
Y si algo deseo que incorpore en esta etapa donde está formando su identidad es esto:
Que puede ser fuerte sin endurecerse.
Que puede ser femenina sin reducirse.
Que puede ocupar espacio sin pedir permiso.
Y que nunca debe abandonarse para cumplir un rol.
En el próximo post hablaré de algo que ha marcado profundamente esta etapa en mí: qué significa realmente sostenerme.
Porque sostenerse no es resistir.
Es elegirse.
